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La Fiesta

“Vamos subiendo la cuesta que arriba  mi calle se vistió de fiesta”

Una fiesta para todos, una idea de encuentro total en donde en la medida que las penumbras de la noche caen y las figuras se hacen más difusas va surgiendo la idea de la posibilidad de un algo dionisíaco, de un algo que nos saca de los moldes diarios y nos permite ser de otra manera.
La fiesta nos invita a adentrarnos en el mundo de la esperanza de un encuentro total conmigo y con los otros, un espacio de despojo de máscaras y disfraces que nos acompañan en el diario vivir .
No es extraño entonces que justamente muchas de las fiestas nos exige una buena y adecuada presentación, que nos asegure no quedar debajo de la mesa. A veces nos exigen un vestuario distinto del habitual, una tenida dominguera como diría mi abuela, haciendo referencia a lo mejor del ropero de aquellos entonces, la tenida justa para lucir distinto, o a lo menos ilusoriamente distinto.
En otras ocasiones la invitación a la fiesta conlleva un disfraz con o sin máscara incluido, el cual como diría mi profesor Mario Buschwinder, al enmascarar desenmascara, y nos revela en lo que también somos y que con cuidada elegancia a veces, o con indisimulada torpeza nos encargamos de no mostrar para deleite de nuestro ego.
Pero la fiesta es un encuentro de máscaras que ocultan egos, y que poéticamente desenmascaran a los contertulios en un baile inconsciente de carencias y necesidades que la noche aplaca con el devenir de la penumbra y que bajo la esteril luz de un candil no muestra la real dimensión de cada quien.

“Hoy el noble y el villano, el prohombre y el gusano bailan y se dan la mano sin importarles la facha”

No hay diferencias en la penumbra de la luz de la luna. Allí se disimulan las diferencias y por instantes nos recorre el cuerpo y el alma la idea del paraíso perdido. El instante de la humanidad en que todos éramos iguales, sin diferencias, corriendo desnudos sin importarnos la facha. Tras cada acto hay una medida que nos habla de una diferencia, la cual fue establecida muy tempranamente en nuestras vidas. Esta diferencia, este significante nos separa de lo que ya no está, de la igualdad, la no distinción, del paraíso, de lo real. La idea de un retorno permanente al útero materno y a estados muy inconscientes o pre-conscientes que nos garantizan el gozo Lacaniano, la comunión completa, es decir la común unión completa, todos con todos como en un orgasmo múltiple orgiástico y divino.
La madre, la fiesta nos despierta algo en cada uno que nos convoca a un pretérito perdido en el tiempo. Subir la cuesta, adentrarse en la fiesta nos motiva a recordar esas pequeñas cosas que ya no están pero que bajo el influjo del alcohol, del baile, de la penumbra, del movimiento hipnótico de las masas danzantes nos perturba la rutina diaria y nos estremece como pequeños hambrientos abrazados a una buena teta.

“Juntos los encuentra el sol a la sombra de un farol, empapados en alcohol madreando a una muchacha. Y con la resaca a cuestas vuelve el pobre a su pobreza, vuelve el rico a su riqueza y el señor cura a sus misas. La zorra pobre al portal, la zorra rica al rosal y avaro a sus divisas”

La luz del sol nos devuelve la realidad, nos permite ver lo ilusorio del encuentro externo, de la búsqueda desenfrenada de los paraísos externos y olvidar el mapa del tesoro. “El Reino de los cielos está aquí y están tan ciegos que no pueden verlo”. Se nos hacen carne las palabras proféticas del Jesús hombre al mostrarnos la ceguera de la fiesta externa y la incapacidad de ver dentro de cada cual. Podríamos decir que la luz del sol nos devuelve a la posibilidad de despertar del letargo y arrimarnos a la conciencia de que lo buscado es el buscador. La luz del sol nos impregna de una energía activa, movilizadora, activa que nos saca a una búsqueda las más de las veces desenfrenada de una a otra cosa intentando llenar el vacío original de la separación de lo real. El padre sol nos separa de la inconsciencia rutinaria y también nos permite el despertar. Ocupar el día es la tarea de cada cual y cada cual a su tiempo

Se acabó; el sol nos dice que llegó el final, por una noche se olvidó que cada uno es cada cual”

Se acabó la ilusión. Ahora sólo queda el despertar a una conciencia transparente, límpida y vertical. El Padre Sol nos invita a abandonar la ficción y a transformar nuestras vidas. El Padre nos saca de la incestuosa idea de la igualdad y nos lleva a las diferencias, a la realidad. Pasarán 40 años de viaje a través del desierto para que cada uno opte por encontrar su tierra prometida….
Pero esa es otra historia, para otro día.