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El Espejo

“Espejito, espejito, ¿quién es la más hermosa de la comarca?

Probablemente son pocos quienes no hayan escuchado alguna vez alguna versión de esta maravillosa historia. Una historia que habla de tantas cosas como pocas historias infantiles. Sin embargo lo que me convoca es hablar del espejo, ignorando por hoy a la bruja, la madrastra, a la bella, a la manzana y en fin tantas bellas partes de este relato.

Acercarnos al espejo nos introduce a un tema cautivante y profundo y en esencia al ser humano mismo. El espejo es una función que trasciende la animalidad, la vida misma del ser humano, para colocarlo en el escenario de la divinidad.

La pregunta que hace la madrastra nos remite a una profunda intimidad: ¿Quien soy yo?. La intimidad es imposible vivirla sin el acto de despojo, de abandono de aquello que fue construido a través del espejo: Un falso Yo, una estructura que es de una enorme fragilidad, pues proviene de los otros, hecha por los otros, para los otros y que cada uno de nosotros hizo suya en más o en menos para ser aceptados, para tener un espacio, un cupo en la sociedad, entre los otros. Pero este espacio ha conllevado una perdida, una renuncia tramposa pues ha privilegiado a los otros más que al verdadero Yo.
En efecto hemos debido renunciar a lo que en verdad soy y desconozco de mi por aquello que es conocido en boca, en ojos, en comentarios, en gestos y conductas de los otros. Esta “verdad de lo que soy” es el tema de la verdadera intimidad y la esencia de lo divino en cada cual. Me parece imposible construir intimidad sin renunciar a las máscaras que hemos adoptado para sentirnos aceptados e incluidos en la sociedad. Estas máscaras nos dan seguridad en cuanto nos hacen predecibles, reconocibles, queridos, admirables, y así cuanto adjetivo se nos adhiere a la piel reemplazando a la dermis como una costra impenetrable e impermeable a los llamados algunas veces serenos y otros angustiosos que nos hace el inconsciente, reclamándonos un cambio, una evolución.

He dicho impermeable refiriéndome a la calidad de esta nueva dermis. Es justamente debido a esta impermeabilidad de cada ser que la intimidad se hace impensable. ¿cómo juntar dos llamas separadas por muros impermeables? ¿cómo juntar dos ríos canalizados y entubados para que se hagan cercanos al uno? No es posible si existe la máscara que separa impidiendo mostrarse al otro imprimiendo el miedo atroz de no ser reconocido ni querido si ocurriese la desnudez de las almas.

Sólo la aventura de viajar a la oscuridad del interior nos revelará la real dimensión del quien soy. A veces cuando entras a una casa desde la luminosidad del sol exterior, la casa te parece tan oscura y en penumbras. Sin embargo si tienes la paciencia de esperar unos instantes tus ojos se acomodarán a esa luminosidad y aparecerá un “ojo interior”, un tercer ojo, capaz de ver donde antes no había luz, donde sólo había oscuridad. Claro que debes estar preparado pues esa luz es de un dimensión espectral distinta, más parecida a la luz de la luna (interior) que a la luz de sol (exterior). Es una luz más difusa que te hará caminar despacio, cauteloso, con una energía pasiva, atento a lo que ocurre y entonces en esas semipenumbra aparecerán cualidades que nunca habías usado hasta entonces, la percepción, la intuición, la hipersensibilidad a los estímulos. Entonces llegas a un momento en el cual la noche de la semipenumbra se hace día y encuentras “el reino de los cielos aquí entre nosotros”

El espejo nos devuelve algo que se esfuma a cada rato pues vivimos en la ilusión de los otros. Nos devuelve un cuerpo real (realidad) y por breves instante creemos ser lo que vemos, aunque persiste la dualidad de la mirada de lo que nos han enseñado que somos y la verdad que está por descubrir, y que no estamos siendo, por cobardía.
Una buena terapia nos ayuda a abandonar la cobardía y hacernos amigos del miedo. Eso es muy distinto, pero también es otra historia, para otro día.