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Creencias y Conductas

En un reciente estudio que se publica en La Revista Americana de Salud Pública, un grupo de investigadores de la Universidad George Washington estudió el impacto que jercía en la población estudiantil el disponer o no disponer al interior del establecimiento escolar de preservativos para el acto sexual.
Trabajaron con 9 escuelas que dispusieron de los preservativos y 50 establecimientos que no lo hicieron.
Las conclusiones son interesantes, aunque no definitivas en un área tan compleja como la sexualidad.
Encontraron que los estudiantes en escuelas con programas del condón tuvieron menos sexo que los estudiantes de las otras escuelas. Específicamente, el 49 % de estudiantes en escuelas sin disponibilidad del condón alguna vez ha tenido sexo comparado con 42 % en las escuelas donde los condones estaban disponibles.

«Las preocupaciones de la minoría pequeña de padres que se oponen a proporcionar condones o instrucción relacionada en escuelas no probó estar sustentada,» escribió Susan M. Blake y sus colegas de la Escuela de Salud Pública y Servicios de la Salud de la Universidad George Washington.
Para otros especialistas este estudio no demuestra nada e insisten en que el disponer de condones en las escuelas es una mala señal hacia los jóvenes, a pesar de las evidencias de este tipo de investigación.

Persiste la duda, en opinión de una mayoría de estudiosos, acerca de si esta disponibilidad cambia el comportamiento del adolescente en usar como conducta habitual el condón.
“Este programa del condón no alienta a los adolescentes a tener sexo, pero está menos claro si tales programas consiguen hacer a los adolescentes usarlos”, dijo Douglas Kirby, un experto en sexualidad del adolescente de ETR y Asociados.

Pareciera que la mayor dificultad en lograr cambios positivos en las conductas de riesgo con respecto a relación sexual, embarazo y enfermedades de transmisión sexual, está en el hecho que no se logra penetrar en las creencias de los adolescentes. Las creencias son el marco de pensamiento, paradigmas, concientes e inconcientes, que le permiten al joven ser joven, ser adolescente. Es decir, pertenecer y tener una identidad que se ajuste a los patrones culturales de lo que es ser joven. Estos marcos de creencias son un verdadero desafío y dolor de cabeza para los profesionales que trabajamos en sexualidad humana. Están construidos desde el colectivo y rediseñados en forma grupal o personal. Forman a nivel del pensamiento y del lenguaje estructuras lingüísticas sólidas, complejas e impenetrables, que desafían la educación (aunque deberíamos decir “instrucción” en vez de educación).
¿Cómo modificarlos? Ese es el desafío.
Pareciera que la respuesta no es única y que me lleva a reflexionar en algunos puntos que enunciaré como posibles soluciones:

  1. Trabajo con profesores y padres para entender, comprender y solucionar los conflictos de poder entre jóvenes y adultos, las diferencias de paradigmas, las distintas concepciones de realidad entre estos grupos etáreos, etc.
  2. Trabajar con grupos de jóvenes representativos de la cultura joven, con la finalidad de utilizar sus identificación como un espejo reflector hacia la comunidad
  3. Utilizar los espacios de interés de los jóvenes para modificar estas creencias. En este sentido son útiles los deportistas, artistas, teatro, telenovelas, revistas especializadas en jóvenes, cine, letras de canciones, etc.
  4. Utilizar los medios de comunicación masivos para fundacionar al nuevo hombre y la nueva mujer de hoy, sin estigmatizar a los géneros en viejas consignas que afianzan solamente las posiciones de poder ya desgastadas, pero que recalcan el “machismo”, la “hiperfeminidad superficial”, como modos de mantener el control económico, y mental de la población.
  5. Incentivar entre los privados las políticas de difusión del cuidado y la saluda física, psíquica y espiritual de la población, con incentivos económicos, tributarios, morales. En esto me refiero a incentivar con estos estímulos la difusión de conductas de cuidado o de creencias protectoras en escenas de teatro, cine, canciones, espectáculos públicos, publicidad, etc.
  6. Implementar políticas públicas que optimicen y favorezcan el acceso de los jóvenes a los centros de salud, médico y mental, organizando para ello espacios distintos de acceso y permanencia de los jóvenes en estos recintos, procurando una consultoría basada en la sujetización del joven, el compromiso personal, dejando de lado la consejería tradicional que es instructiva y mantiene al joven atado a una situación de menoscabo personal y de infantilización simbólica.

Las creencias no se midifican de la noche a la mañana. Requieren de comprensión, entendimiento, trabajo y voluntariedad para lograr los objetivos. La flexibilidad debe ser la mano que guía el trabajo con los jóvenes, flexibilidad que debe acompañarse de la cuota necesaria de sabiduría y amor.
Sin esas condiciones probablemente seguiremos dilapidando ingentes recursos económicos y de credibilidad sin transformar nuestra sociedad.
Cuando el desaliento se apodera de los organismos profesionales entonces lo que se comienza a notar es incoherencia en las políticas públicas y manotazos de ahogado que sirven sólo para acansarse antes de morir asfixiados por la avalancha de consecuencias que puden originar una mala educación sexual.